“Esta fue la culpa de su hermana Sodoma: ella y sus hijas tenían orgullo, exceso de comida y próspera tranquilidad, pero no ayudaron al pobre y al necesitado”. (Ez 16, 48-49)

martes, 12 de diciembre de 2017

Allanando el camino desde el desierto



Escrito por Ansel Grüm

El Adviento nos promete que nuestro desierto  será transformado y empezará a florecer. Hablamos del desierto de hormigón de nuestras ciudades, del desierto de los corazones humanos.El desierto es una imagen de la soledad, el abandono, la falta de sentido, la carencia de relacióny el vacío. Estamos sin hogar, y hay en nosotros fuerzas salvajes e indómitas que hacen parecer feo nuestro rostro. El desierto es el lugar donde nos vemos inexorablemente enfrentados cara a cara con nosotros mismos y con nuestra desagradable realidad.   

     Para poder preparar el camino al Señor, primero debemos atrevemos a salir al propio desierto. Es en el desierto de nuestro corazón donde tenemos que prepararle el camino. Debemos mirar todo cuanto de reprimido, de encubierto, de indefinido ... hay en nosotros, y ponerlo ante Dios. Precisamente ahí quiere Dios venir a nosotros, no en las avenidas de nuestro éxito y nuestros logros. A nosotros nos gustaría encontramos con Dios fuera de nosotros, en edificantes celebraciones litúrgicas, en la comunidad de personas afines. Pero Dios quiere salimos al encuentro precisamente en nuestro desierto, donde desea hallamos para celebrar con nosotros la fiesta de la redención, para hacerse uno con nosotros y transformar todo cuanto hay en nosotros. Sólo cuando dejamos entrar a Dios en nuestro desierto, puede hacerse realidad lo que nos promete Isaías en los textos que se leen en este tiempo. 

      El Adviento nos promete que en nuestro desierto podemos encontrar una fuente de la que beber. El desierto no es sólo el lugar del vacío y la falta de sentido, de la tentación y la seducción, sino también el lugar de la experiencia de Dios y del encuentro con Dios. 
      En el tiempo de Adviento podemos reunir el  valor necesario para entrar en nuestro desierto.

         Allí hemos de experimentar que Dios está cerca de nosotros, que nos lleva en sus manos en nuestros momentos de soledad. Lo mismo que a Elías, que se deseó la muerte en el desierto, Dios envía a cada uno su ángel. En medio del desierto experimentamos a Dios como aquel que nos aguarda. La consoladora promesa del Adviento nos asegura que al final de la experiencia del desierto se encuentra la alegría.

  Texto seleccionado de “La alegría de la Navidad”. Anselm GRÜM, O.S.B.

domingo, 18 de junio de 2017

El Cuerpo y la Sangre de Cristo

Mientras comían, Jesús tomó pan y habiéndolo bendecido, lo partió y dándoselo a los discípulos, dijo: "Tomen y coman, esto es mi Cuerpo". (Mt. 26, 26)

Y pensar que en el relato bíblico la ropa surgió de la necesidad de cubrir la vergüenza que nos causa nuestro cuerpo. ¡Vergüenza! No es que vaya a sugerir que andemos por la vida sin inhibiciones mostrando cada parte de nuestro cuerpo, pero sí voy a proponer que lo amemos y respetemos sin importar la forma que tenga ni las presiones que la sociedad impone sobre él. Todo lo que creó Dios tiene su aprobación, ya que al final de cada día de la Creación vio que todo fue bueno.

Nuestro cuerpo, como creación de Dios, es el que nos permite experimentar las percepciones de esta maravilla que hizo pensando en nosotros. Es símbolo perfecto y armonioso que resume en sí mismo todas las maravillas de la Creación. Es también un símbolo de la constitución de la Iglesia en la que sin todas sus partes estaría incompleta y probablemente con problemas para funcionar adecuadamente. La Curia del Vaticano está impedida de funcionar correctamente si nosotros, hombres y mujeres homosexuales faltamos en la Iglesia, también proclamamos el Evangelio.

Amar a nuestro cuerpo y liberarnos de la vergüenza es difícil con las presiones publicitarias, sociales y religiosas que recibimos cada día. Pero hacerlo es indispensable para valorar el aspecto sacramental del Cuerpo de Cristo que está consagrado en la Hostia; que nos invita a ser parte de Él y actuar como Él llevando las buenas obras a todas las personas que nos rodean. Hay muchas formas para lograrlo.

Y tomando una copa y habiendo dado gracias se las dio diciendo: "Beban todos de ella, por que esto es mi Sangre, la Sangre de la Alianza, que es derramada por una muchedumbre, para el perdón de los pecados". (Mt. 26, 27-28)

Y si vivo con VIH, ¿También se ha derramado por mí? ¡Sí, indudablemente!, por que la Sangre de Cristo no se derramó en vano para cualquiera que lo acepte como Hijo de Dios y su Salvador.

Una vez en la sangre, es muy importante liberar toda transmisión del VIH de cualquier aspecto moral, ya que vivir con el virus no es culpa tuya ni de nadie. Podríamos hablar insistentemente de la castidad, la fidelidad o el uso del condón como métodos de prevención, y lo vamos a seguir haciendo hasta después del cansancio, pero lo más importante para quien ya vive con el virus es hablar de inclusión, respeto, y mucho apoyo. No solo hablarlo, vivirlo.

Los avances en la ciencia médica al día de hoy permiten que el VIH muy rara vez se desarrolle en SIDA, por lo que vivir con este virus, si acaso, se considera una situación crónica. Es por eso que todos aquellos que tengan vida sexual activa, homosexual o no, deben realizarse una prueba de detección al menos cada seis meses. En caso de recibir un diagnóstico reactivo, el tratamiento iniciará según señale el médico.

Recibir el diagnóstico reactivo puede y debe ser un nuevo nacimiento en este mundo. En el principio se puede sentir miedo, cólera y mucho dolor, pero pasado el tiempo, todo cristiano debe saber que no está solo. Es ser un nuevo hombre en Cristo, y se debe convertir en un guerrero por la conservación de la propia vida.

Para que esto sea posible, la Iglesia considera los siguientes ejes, entre otros, acordados en el primer encuentro ecuménico latinoamericano:

  • El VIH no es un castigo de Dios
  • No acusar a ninguna persona que vive con VIH de haber tenido conductas incorrectas
  • Los médicos afirman que el VIH no es contagioso si se toman las medidas sanitarias normales, por lo que no debe haber segregaciones ni cuarentenas.
  • Fidelidad y Renuncia deben nacer del corazón y del sentido de responsabilidad, nunca por el miedo al VIH. Esto ya nos lo enseñaba la Iglesia desde antes de la pandemia.
  • Tener una adecuada educación sexual
  • Llamamiento a parientes y amigos de las personas con VIH para servirles a través del acompañamiento de asistencia espiritual y orden práctico.

No os aflijáis como los hombres sin esperanza (1 Ts 4, 13).Se nos ofrece la salvación en el sentido de que se nos ha dado la esperanza, una esperanza fiable, gracias a la cual podemos afrontar nuestro presente: el presente, aunque sea un presente fatigoso, se puede vivir y aceptar si lleva hacia una meta, si podemos estar seguros de esta meta y si esta meta es tan grande que justifique el esfuerzo del camino (Spe Salvi, 1) 
 Cada vez somos más las comunidades de hombres y mujeres homosexuales que nos unimos en la Iglesia para orar y dar testimonio de Cristo. En cada país siempre estaremos dispuestos a acompañar y ayudar, en la medida de las posibilidades personales, a cada una de las personas que reciban esta noticia que cambia la vida. Además del tratamiento antirretroviral y la alimentación, las emociones positivas son fundamentales para el bienestar de los afectados por este virus.

sábado, 10 de junio de 2017

La Santísima Trinidad



Primera Lectura: Ex. 34, 4b-6. 8-9.
Salmo: Dan. 3, 52. 53. 54. 55. 56
Segunda Lectura: 2a Cor. 13, 11-13
Evangelio: Jn. 3, 16-18

1. En el nombre del Padre.

"Creemos al hombre a nuestra imagen y semejanza" (Gén.1, 26)

En esta frase y en muchas otras a lo largo del Antiguo Testamento, Dios nos habla en plural, dándonos a reconocer que Él mismo, dentro de su unidad, es diverso. ¡Con cuanta más razón nosotros debemos respetar la diversidad de personas que hay en el mundo! Pero más allá de esta revelación, tenemos una enseñanza superior. Todos los seres humanos estamos creados a imagen y semejanza de Dios. Por tanto debemos tratar y ser tratados como criaturas semejantes al Padre del que provienen todas las cosas, es decir, como seres humanos.

No existe distinción, todos los seres humanos estamos creados a imagen y semejanza suya. Ninguno es más que otro. Ni los supremacistas blancos que se están fortaleciendo en occidente, ni los grupos extremistas islámicos, ni los grupos que se reúnen para cuidar la buena moral (lo que sea que eso signifique) en la sociedad. Tampoco, por supuesto, los defensores de los Derechos Humanos, los protectores de flora y fauna, ni los homosexuales somos más que otros seres humanos... o menos. Todos fuimos creados de manera semejante, a imagen de nuestro Padre. Todo ataque entre nosotros es un ataque directo a la imagen del Padre. Paremos esa barbarie.

2. Del Hijo.

"En estos dos mandamientos se resumen la Ley y los profetas" (Mt. 22, 37-40)

Si amar a Dios sobre todas las cosas es el primero y más importante de los mandamientos, su interpretación y práctica son más difíciles de lo que nos podríamos imaginar. Es muy fácil decir Amo a Dios sobre todas las cosas, pero amar a Dios es amar a su creación. Es decir, cuidar el planeta que tenemos, el aire, el agua, los bosques, maravillarnos con los avances de la ciencia y amar más a este mundo que tenemos

Pero entonces viene Jesús y nos da un último mandamiento, igual de importante que el primero: "Ama a tu prójimo como a ti mismo" Algo aparentemente más complicado, porque las relaciones humanas son cambiantes. Trata de enseñarnos a cohabitar con las personas que nos rodean; amar al hermano que está tirado en la calle como resultado de sus circunstancias y decisiones, pero amarlo con las obras de Misericordia que nos enseña la Iglesia. También es amar a los que, en apariencia, son diferentes a nosotros; los que levantan el dedo para señalarnos, los que sin saber hacen nuestra vida más difíciles y nos acusan de ser abominación ante los ojos de Dios. Aunque no está claro cómo podría Dios abominar algo que está creado a su imagen y semejanza por amor, pero ellos no tratarán de explicarlo de todas maneras. Seamos los primeros en aprender a amar.

3. Y del Espíritu Santo.

"Por lo tanto, ya no hay judío ni pagano, esclavo ni hombre libre, varón ni mujer, porque todos ustedes no son más que uno en Cristo Jesús" (Gál. 3, 23-29)

San Pablo nos enseña en estos versículos que la promesa de Cristo es abundante y está disponible para todo el mundo. Las divisiones y prejuicios que mantienen históricamente alejadas a las personas o bien le dan más poder a unos sobre otros no tienen lugar en la comunidad cristiana. En particular, la frase "Ya no hay varón o mujer" ofrece un reto al entendimiento tradicional del rol de géneros. (Williams, 2017)

Por eso, la Iglesia también se mantiene unida en su diversidad. Mantener a tal o cual grupo de personas más allá de la periferia hiere el cuerpo místico de Cristo. Ni siquiera la discriminación por orientación sexual debería justificarse como sucede hoy en día. El Papa Francisco nos dice que en el contexto social y en civil apelo a no crear muros, sino a construir puentes. Recomendación que no está de más hacer a todos los cristianos dentro de la Iglesia. (Sin Embargo, 2017) Solo el amor sin distinción es fruto agradable a Dios que pueda surgir del árbol del cristianismo.

Bibliografía

Sin Embargo. (8 de Febrero de 2017). Sin Embargo. Obtenido de “No es cristiano hacer muros”, dice el Papa Francisco; el muro va, no es una broma, afirma Trump: http://www.sinembargo.mx/08-02-2017/3147373
Williams, L. E. (8 de Junio de 2017). Sojourners. Obtenido de 10 Bible Passages That Teach a Christian Perspective on Homosexuality: https://sojo.net/articles/10-bible-passages-teach-christian-perspective-homosexuality


lunes, 17 de abril de 2017

“Jesucristo Verdaderamente Vive”

... y nosotros con él.

Cristo, resucitado y glorioso
es la fuente profunda de nuestra esperanza.
Su resurrección no es algo del pasado;
Entraña una fuerza de vida
que ha penetrado el mundo.
Donde parece que todo ha muerto,
por todas partes vuelven a aparecer
Brotes de la resurrección.
Es una fuerza imparable.
Verdad que muchas veces
parece que Dios no existiera:
Vemos injusticias, maldades, indiferencias
y crueldades que no ceden.
Pero también es cierto
que en medio de la oscuridad
siempre comienza a brotar algo nuevo,
que tarde o temprano produce un fruto.
En un campo arrasado
Vuelve a aparecer la vida,
tozuda e invencible.
Habrá muchas cosas negras,
Pero el bien siempre tiende
A volver a brotar y difundirse.
Cada día en el mundo renace la belleza,
Que resucita transformada
A través de los tormentos de la historia…
esta es la fuerza de la resurrección
y cada evangelizador
es un instrumento de este dinamismo.
*
Papa Francisco
 Exhortación Apostólica  “La alegría del Evangelio” n.276.
Fuente: Red Mundial de Comunidades Eclesiales

***
El primer día de la semana, María Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro. Echó a correr y fue donde estaba Simón Pedro y el otro discípulo a quien quería Jesús, y le dijo:
– “Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto.”
Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; y, asomándose, vio las vendas en el suelo; pero no entró. Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro. Vio las vendas en el suelo y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no por el suelo con las vendas, sino enrollado en un sitio aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó. Pues hasta entonces no había entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos.
*
Juan 20, 1-9
***

¡Cristo verdaderamente ha resucitado!


¡Feliz Pascua de Resurrección!

viernes, 14 de abril de 2017

Jesús no nos salvó con su muerte sino con su vida.


La celebración ayer de la última cena, la celebración hoy de la muerte y la celebración mañana de la resurrección, son tres aspectos de una misma realidad: La plenitud de un ser humano que llegó a identificarse con Dios que es Amor. Este es el punto de partida para que cualquier ser humano pueda desarrollar su verdadera humanidad. Pero el amor es la meta a la que llegó Jesús y a la que tenemos que llegar nosotros. Ese amor es lo más dinámico que podemos imaginar, porque es el motor de toda acción humana.

El recuerdo puramente litúrgico de la muerte de Jesús, sin un compromiso de mantener en nuestra vida las mismas actitudes que le llevaron a la muerte, es un folclore vació de contenido. Otro peligro que nos acecha en esta celebración, es caer en la sensiblería. Tal vez no podamos sustraernos a los sentimientos ante la descripción de una muerte tan brutal. El peligro estaría en quedarnos ahí y no tratar de vivir lo que estamos celebrando. Nos importan los datos históricos, pero solo como medio de descubrir la cristología que en ellos se encierra: Jesús es para nosotros el modelo de lo humano y de lo divino.
No podemos presentar la muerte de Jesús como el colmo del sufri­miento. La vida de Jesús se desarrolló con relativa normalidad y con una cierta comodidad. Los sufrimientos duraron solo unas horas. Millones de personas, antes y después de Jesús, han sufrido mucho más en cantidad y en intensidad. No podemos seguir hablando de sus sufrimientos como si fueran los únicos. Fue una muerte cruel, sin duda, pero no podemos presen­tarla como el paradigma del dolor humano. El valor de la muerte de Jesús no está en el dolor, sino en la motivación de esa muerte, en la actitud de Jesús y de los que lo mataron.
Tenemos que superar la idea de que “murió por nuestros pecados”. El autor de la carta a los hebreos, (que seguramente no es de Pablo) lo que intenta es hacer ver a los judíos, que ya no tenía sentido el repetir los sacrificios que habían sido la base del culto en el templo, porque ya estaba cumplida en Jesús toda la labor de mediación. Esta idea es posible, solo desde la perspectiva del Dios del AT que premia y castiga; y exige el pago por nuestros pecados. Este Dios no tiene nada que ver con el Dios de Jesús, que nos ama a todos, siempre e infinita­mente y que, si pudiera tener alguna preferencia, sería para con los débiles o los pecadores.
¿Por qué le mataron? ¿Por qué murió? Si no hacemos esta distinción, entraremos en un callejón sin salida. Le mataron porque la idea de Dios que él predicó no coincidía con la idea que los judíos tenían de su Dios. El Dios de Jesús, como veíamos ayer, no es el soberano que quiere ser servido, sino Amor absoluto que se pone al servicio del hombre. Esta idea de Dios es demoledora para todos aquellos que pretenden utilizarlo como instrumento de dominio y esclavitud de los demás. Ningún poder establecido puede aceptar ese Dios, porque no es manipulable ni se puede utilizar en provecho propio. Esta idea de Dios es la que no pudieron aceptar los jefes religiosos judíos. Este Dios nunca será aceptado por los jefes religiosos de ninguna época.
Jesús murió por ser fiel a sí mismo y a Dios. No se pueden separar las respuestas a las dos preguntas. Jesús como todo ser humano tenía que morir, pero resulta que no murió, sino que le mataron. Esto último, tampoco hace de su muerte un hecho singular. La singularidad de esa muerte hay que buscarla en otra parte. La muerte de Jesús no fue un accidente, sino consecuencia de su manera de ser y de actuar. Creo que en la aceptación de las consecuen­cias de su actuación está la clave de toda la vida de Jesús.
El hecho de que no dejara de decir lo que tenía que decir, ni de hacer lo que tenía que hacer, aunque sabía que eso le costaría la vida,es la clave para compren­der que la muerte no fue un accidente, sino un hecho fundamental en su vida. El hecho de que le mataran, podía no tener mayor importancia, pero el hecho de que le importara más la defensa de sus convicciones, que la vida, nos da la verdadera profundi­dad de su opción vital. Jesús fue mártir (testigo) en el sentido estricto de la palabra.
Las palabras y los gestos de Jesús en la última cena, sobre el servicio total a los demás, pueden significar la más elevada toma de conciencia de Jesús sobre el sentido de su vida. Tal vez en ese momento, cuando ya era inevitable su muerte, descubrió el verdadero sentido de una vida humana. Cuando un ser humano es capaz de consumirse por los demás, está alcanzando su plena consumación. En ese instante manifiesta un amor semejante al amor de Dios y puede decir: “Yo y el Padre somos uno”. Dios está allí donde hay verdadero amor, aunque sea con sufrimiento y muerte. Si seguimos pensando en un dios de “gloria”, será muy difícil comprender el sentido de la muerte de Jesús.
¿Qué tuvo que ver Dios en la muerte de Jesús? El gran interrogante que se plantea sobre esa muerte recae sobre Dios. No podemos pensar que planeó su muerte, ni que la exigió como pago de un rescate por los pecados, ni que la permitió o la esperó. La paradoja está en que podemos decir que Dios no tuvo nada que ver en la muerte de Jesús, y podemos decir que fue precisamente Dios la causa de su muerte. Si pensamos en un Dios que actúa desde fuera, nada de lo que digamos en relación con esa muerte tiene sentido. Si pensamos que Dios era el motor de toda la vida de Jesús, de sus actitudes y de sus decisiones, entonces Él fue la causa de que Jesús fuera a la muerte.
La muerte de Jesús es una verdadero interrogante sobre Dios. Según todas las apariencias, Dios abandonó a Jesús a su suerte cuando le pedía a gritos que le ayudara. ¿Cómo podemos armonizar su silencio con la cercanía en el momento de morir? Aquí está la clave de comprensión del misterio Pascual. Dios no abandonó por un momento a Jesús para después reivindicarlo. Dios estuvo con Jesús en su muerte. Porque fue capaz de morir antes que fallarle, demuestra esa presencia de Dios como en ningún otro momento de su vida. En la entrega total se identificó totalmente con Dios y lo hizo presente. Cualquier otro intento de demostrar la presencia de Dios en Jesús (conocimientos, poder, milagros) es contrario a las enseñanzas más profundas de Jesús sobre Dios.
Creo que aún tenemos que reflexionar mucho sobre esa muerte para comprender el profundo significado que tuvo para él y para nosotros. Su muerte es el resumen de su actitud vital y por lo tanto, en ella podemos encontrar el verdadero sentido de su vida. Se trata de una muerte que manifiesta la verdadera Vida. Pero no se trata de la muerte física, sino de la muerte al “ego”, y por lo tanto a todo egoísmo, que hizo posible una entrega a los demás hasta la muerte. Este es el mensaje que no queremos aceptar, por eso preferimos salir por peteneras y buscar soluciones que no nos exijan entrar en esa dinámica. Si nuestro “yo” sigue siendo el centro de nuestra existencia, no tiene sentido celebrar la muerte de Jesús; y tampoco celebrar su “resurrección”.
Nosotros tenemos que separar la vida, la muerte y la resurrección de Jesús para intentar entenderlas, pero solamente las podremos entender si descubrimos la unidad de las tres realidades. La muerte fue consecuencia inevitable de su vida, pero en esa muerte ya estaba toda lo gloria que podía recibir Jesús. La trayectoria humana de Jesús terminó alcanzando la más alta meta: desplegar al máximo toda su humanidad, alcanzando y manifestando la plenitud de divinidad. Si no tenemos presente esto, podemos seguir echando balones fuera y sin descubrir lo que tiene de acicate para nosotros el darnos cuenta que un ser humano, en todo semejante a nosotros, pudo llegar a esa meta.
Por Fray Marcos
Fuente Fe Adulta

viernes, 30 de diciembre de 2016

Llegando a Fin de otro año... Tiempo de Bendecir lo que hemos vivido

Escrito por P. Eduardo Casas

Bendigo el tiempo con su paso.

Bendigo el trabajo y su cansancio.

Bendigo la caricia de la amistad.

Bendigo la vida y todos sus momentos.

Bendigo la salud que nos hace estar vivos.

Bendigo la lucidez que nos permite estar despiertos.

Bendigo a los que me aman y también a los que han dejado de amarme.

Bendigo la humildad de los que aceptan el bien aunque duela.

Bendigo el servicio de quien se pone en el último puesto.


¡Feliz Año Nuevo !.

Navidad, Fiesta del Dios de la Empatía

Escrito por Pepelu Aguirre Macías

"La empatía es la única ideología capaz de cambiar el mundo"

Esta frase de María Mariscal encontrada en las redes, cuando preparaba unas palabras para las plataformas sociales, me ayudó a descubrir una nueva faceta del Adviento y de la Navidad. Jamás me había planteado la idea de que mi fe se la debo a un acto puro y duro de empatía. Jamás había pensado que en Navidad se celebra la Fiesta del Dios de la empatía.

Y es que, cuando el mundo entero está más pendiente de las antipatías o no empatías... Dios vuelve a empatizar con el hombre en esta Navidad. 

Es verdad que lo hace con toda la condición humana, sea cual sea...

Lo hará en el seno de una humilde muchacha  en un pequeño pueblo perdido en la periferia de un gran imperio; 

  • empatizará con el hombre, naciendo en una pequeña familia de refugiados que huían de la tiranía y que acaban, después de una desesperada búsqueda, en un inhóspito pesebre, rodeado de animales, como lo hacían los más pobres; 
  • lo hizo al ser presentado en el Templo junto con dos pichones, la ofrenda de quienes no podían permitirse el lujo de un cordero… 

Tanto empatiza Dios con los olvidados de la historia, que se identifica con ellos “tuve hambre y no me diste de comer”.

¡Cuán grande es la dignidad humana!, que todo un Dios, dejando a un lado el alarde de su categoría divina, se introduce de lleno en nuestra condición, rebajándose a sí mismo para elevarnos a nosotros. 

  • ¿Acaso no es un motivo de esperanza en esta Navidad que vuelve a atravesar nuestra vida? 
  • ¿Acaso no es un motivo para tomar la empatía con el otro como criterio de autenticidad y de seguimiento fiel? 
  • ¿Acaso no hemos de educar a nuestros jóvenes en el arte de empatizar como moneda de transformación social y como medio para descubrir el rostro de Cristo en el más necesitado? 

Dios se pone en mi lugar. Sólo poniéndome en el lugar del otro, puedo encontrarme con el Dios de la empatía.


¡Feliz Navidad!